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Muelle flotando
...soy una náufraga sentada en el extremo de mi isla, aguardando que algo rompa el tedio del horizonte y lanzo, a la brisa que sacude este lugar, mis llantos en forma de palabras cojas... así empezó todo

martes, 8 de marzo de 2011

Promesa

AIDS in Asia por Zoriah
Si te pido que me lleves allí, justo allí, donde la luz todavía encuentra ganas de vencer.... prométeme que silenciarás mi deseo con una caricia suave y un beso que cierre mis párpados.

Si mañana, cuando el cielo mude en  luto, sostengo la piel clara de tu mano y la llevo hacia mi pecho vencido... prométeme que atusarás mis cabellos, prométeme que no querrás sentir mis latidos.

Si te hablo, si te observo mientras permances impasible ante mí, y se fuga un tequiero... prométeme que responderás con silencio. Júrame que se lo tragaràn los muros de piedra, que perecerá diluido, asfixiado.

Promete que estarás aquí, entre yo y ella, y dejarás que todo sea noche y frío cuando ella lo quiera. Que olvidarás todo lo que me ha hecho humana: las lágrimas; el escalofrío, si era tu mano la que flirteaba con mi espalda; aquella sonrisa; los ojos vidriosos de pura emoción... prométeme que me recordarás como polvo, no como piel.

Escúchame por última vez, por favor. No hagas que desee quedarme. No perturbes mi mente vencida. No desplaces al olvido que ahora ya casi me abraza. Prométeme que serás silencio, que seré silencio, que sólo habrá frío.

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jueves, 2 de abril de 2009

Nana



Las horas se topan con el brusco descenso del día al infierno de las tinieblas. El relente de la oscuridad que ya acecha, llega para calmar las heridas de una tierra árida y estéril. Una llama se contonea y muere, acto seguido, ante la brisa fugada de unos labios. El tiempo comienza a caminar con la torpeza propia de un moribundo y, en la noche, ya sólo se percibe su hilo de voz:



Escucha los susurros del tiempo que se aleja tranquilo,
camino del sol que ya el horizonte acomoda,
camino de la luz vencida.
Escucha, pequeño, los susurros del tiempo huido.

Respira el sigilo que anticipa y dintela el ocaso.
Olvida el día y sus perennes ausencias,
olvida las voces, las lágrimas todas.
Respira, pequeño, el recién tornado mudo ruido.

Descansa y rasga, con tu sueño, la piel de mi pecho.
Para así desleír tus temores, entre mis manos baldadas;
para que abandonen, por siempre, tus heladas mejillas.
Descansa, pequeño, y que exhale mientras el miedo, su postrero suspiro.

Permite que me evapore, serena y silenciosa, yaciendo a tu lado.
Hasta que mi sueño se convierta en quimera,
aquella que acompañe tu alma dormida.
Permite, pequeño, que aguardemos juntos el amanecer venidero.

Duerme calmo, hasta olvidar todo lo aprendido. Sin desvelo
que yo me encargo, mi niño, de hallar esta noche morada,
en la que resguardar tu conciencia.
Duerme, pequeño, que juntos mudaremos el día por este infinito sueño.



Y, un paso tras otro, los caminos se vacían de vida, de respiraciones cansadas, de trayectos que buscan dejar a su espalda un horizonte desierto de luz.
Y allí, donde el tiempo enloquece de pura calma y el mundo deja de blandir sus armas vencidas, allí ya no hay más que silencio, ya no hay más que el rítmico vaivén del pecho del niño, sobre el seno de ella. Nada queda, al fin. Se ha fundido, en las sombras, el suspiro del último ser que quiso descifrar cómo muere un día.







lunes, 19 de enero de 2009

Ravén, Lilián, Hamir, y 3

Hamir

La sombra de Hamir atravesaba, hace tan sólo unas pocas horas y con la mirada clavada en la huidiza espalda de su dueño, las calles de una ciudad que amenazaba ya por adormilarse y cerrar el telón del día, mientras ellos, Hamir y su sombra, protagonizaban una trepidante y descontrolada persecución.

Veloz, como el pestañeo automático y vertiginoso que salvaba sus pupilas de la arena suspendida en el atardecer, Hamir describía los senderos de callejuelas torcidas por entre el aroma de la fruta cansada del sol y sombra del día eterno; se perdía, zambulléndose en el agrio de las conversaciones que hacen balance de las horas vencidas y se quejan, apesadumbradas, de lo pegajosa y sucia que es la miseria; o serpenteaba, enloquecido, esquivando las pisadas de los que ya solamente buscaban una cena olvidada en el extremo del día, o aquellos otros que habían decidido fijar como rumbo el hogar, su calma y su efectivo consuelo.

Hace tan sólo unos minutos, los brazos se Hamir se dejaban morir, junto a una exhalación de su dueño, para caer rendidos sobre el alfeizar de una ventana y, a continuación, ceder acomodo a su cabeza de niño y sus pensamientos de infancia recién perdida. Al otro lado del vidrio, esqueletos metálicos y botas de goma resquebrajaban las calles. Rompían, con su paso marcial, el delicado equilibrio del grano de arena que vuela, atarantado, sobre el naranja del cielo orgulloso, hasta caer sobre mil granos más que un día volaron también para fundirse, así, en un perfecto mar en calma, áspero, sediento y, ahora, destrozado por el peso de maquinaria extranjera, por el sabor de salivas ajenas y el brusco pisar de calzados extraños.

Heart of an Orphan
Heart of and Orphan por Michael Mistretta


Sus pupilas, las de Hamir, unos pocos segundos antes de que el silencio llegase para tomar su garganta, reflejaban el zigzagueo que había herido la suave pendiente de las dunas, lejanas y tranquilas, enfrascadas en su continuo y suave danzar; y la soledad de los pasillos, vacíos ahora de hombres, que unían puestos de fruta abandonados y montones de mimbre que nadie pensaba ya en trabajar. La cotidiana muerte de un día más en la ciudad, esa noche destrozada por el ajetreo de los rostros sin nombre, sin historia en la que poder confiar. A un lado, el enorme temor de un niño minúsculo, al otro, el desafiante y maloliente caminar de cien hombres gigantes. Hamir dejó de pestañear, dejó de ver también, y, unos instantes después, decidió dejar de pensar. Se aferró a un único recuerdo sobreviviendo entre el caos de aquella noche; la reminiscencia de las yemas agrietadas de una mano jugando a crear calidez de la nada y entre sus cabellos. Peinando sus rizos con suave calor, y haciendo resbalar por su espalda, hasta las plantas de sus pies, la risa contenida que no quería dejar escapar. Hamir se refugió en su recuerdo, incluso cuando la puerta cedió y una voz de mujer, loca y cobarde, se deslizó en la habitación...







miércoles, 27 de agosto de 2008

Ravén, Lilián, Hamir, 2

Lilián

Cuando Lilián decidió, por primera vez, que había llegado la hora de arriesgarlo todo, desafiando al todavía débil equilibrio de sus años escasos, para poner un pie ante el otro y mecer el peso de su cuerpo hasta lograr el anhelado primer paso de su infancia, lo hizo de forma natural, con la sinceridad propia de la niñez, sin pensar ni un segundo más allá del momento presente, pero, en su caso, aquel gesto se vio acompañado por una trascendencia que ya nunca más abandonaría sus huesos.

A través de los atardeceres solitarios y serenos de aquel rincón del mundo, Lilián despidió a los años cruzando ante sus ojos con fiera velocidad, con descuido, con profunda valentía. Se fueron deshaciendo, los meses y los días, destrozados contra el arrojo, sincero y puro, de su piernas firmes, talladas de una roca inmortal. No quedó ni rastro de la zozobra propia del tiempo mientras camina, ni sobre su piel, ni entre sus cabellos, ya al final espesos e indomables como toda ella, ni entre la viscosidad de sus recuerdos torpes. Se rindió la primera y la última añoranza que quiso amargar su alma; cuentan que se miraron a los ojos, la nostalgia y Lilián, y saltaron miles de pedazos de melancólica tristeza esparcidos por el empedrado suelo de la plaza, como pequeños caramelos de colores y celofán que se pierden entre los adoquines.

Fue en las noches de fuerte viento, en aquellas en las que, lo que durante el día fue brisa, llega ahora del mar con virulencia, ansiosa, sedienta de tierra firme, en las que se gestó la leyenda según la cual, era el nombre de Lilián el que venía buscando la sal suspendida en el aire. Y, hasta encontrarlo, era entre las tinieblas de viento y cólera, en las que las ráfagas, vacías de cordura y control, se estrellaban contra los muros de piedra, serpenteando por las callejuelas como una manada desbocada, golpeando las ventanas hasta hacerlas relinchar, sacudiendo las puertas en sus marcos de madera inmortal, haciendo estremecer a los que se guarecían tras ellas, expulsando, de la oscuridad del fin del día, a las hadas que siempre han transportado los sueños que han calmado las lágrimas de los niños que nunca quieren dormir. Fue en en aquellas noches, casi todas ellas sin luna y sin más ruido que el que el viento conduce, en las que las ancianas rezaban para que la eterna Lilián saliese de su escondrijo de silencio y calma, para recibir a los vientos, para dejar que estos desbaratasen sus cabellos y formasen nuevos rizos de salitre y caos, para que permaneciese, una noche más, erguida durante horas bajo el dintel de su hogar, hasta calmar las ansias de un Eolo enamorado de aquella mujer de asfixiante belleza.

Are you Alive?


Are you Alive? por Jorge V.F.


Pero un buen día, la leyenda se infectó al saltar de boca en boca, de la ponzoña de la madre a la de la hija, y alguien hizo acopio de rabias eternas y alguien más sumó el veneno añejo de perennes envidias.
Un buen día, bajo las nubes espesas que anuncian, traicioneras, que el invierno llegó ayer, una voz rompió el silencio y unas cuantas más, cobardes, casi mudas, vociferaron aprovechando el sendero abierto: ¡culpable, Lilián! Culpable de jugar, constantemente, con la luz del universo. Culpable de que el viento se cuide de silbar mientras sea tu voz la que perturba la tarde, y se enfurezca si no es tu rostro el que le espera al final de la calle, cuando la luz ha dejado ya de ser. Culpable de que el frío se vuelva tímido, cuando son tus pasos los que cruzan la plaza. ¡Culpable, Lilián!
Y ese día, la que fue niña inocente y más tarde mujer de indomable vitalidad, fue exiliada de la vida de los humanos. Fue expulsada a un lugar entre el bosque espeso, donde las ramas casi no dejan pasar la luz y donde el viento tiene vetada la entrada; arrojada a ese rincón, apartado y desconocido, en el que las hojas crean sombras sobre el musgo que se ha apoderado de un suelo siempre impregnado de agua, para vivir encerrada entre unos muros de piedra que rezuman humedad y que velan porque el silencio sea completo y el calor muera antes de cruzar el umbral.

Lilián, ahora y desde entonces, recorre el pasillo de su mundo enano, pisando una vetusta alfombra que amortigua su andar, sintiendo como se quiebran las fibras y los hilos con el peso de su cuerpo a cada paso dado, percibiendo los quejidos que nacen del amargo tormento al que les somete, imperceptibles para toda mujer cuerda, pero que se hacen estruendo contra los tímpanos de Lilián. Y, paso a paso, recorre su cárcel de olvido y llega hasta los siseos serpentinos que provoca la piel de su cuerpo contra la cerámica del suelo y las paredes de una pequeña cocina, en la que le aguardan la violencia de las explosiones del agua que hierve sobre un fuego, el cual se yergue desafiante hasta lograr exasperar sus sentidos con carcajadas cargadas de maldad, mientras sus llamaradas torturan a unas maderas, retorcidas de dolor, que no dejan de quejarse y llorar.
Y, Lilián, allí donde no llega ni viento ni luz, ni sonido alguno, ni calor exiguo, allí donde el bosque genera, y almacena, todas las sombras que han de atormentar al mundo real, tiembla de profundo miedo rodeada de todos aquellos estruendos que nacen del silencio absoluto y entre los cuales, una noche más, anuncia su rendición a intentar mantener una mínima reminiscencia de lo que su vida algún día fue y ruega al tiempo que, por favor, detenga su juego y abandone su piel. Mas los días se empeñan en continuar su camino y, una noche más... ¿qué hay de nuevo, Lilián?, pregunta la soledad.

[...]







martes, 27 de mayo de 2008

Ravén, Lilián, Hamir, 1

Ravén

Ravén siente como su respiración reina sobre todos los sonidos de la sala. Ligeramente entrecortada, hace minutos que no es capaz de hallar un ritmo constante que le permita rescatar a sus pulmones del ambiente, cada vez más viciado, de la habitación.
Ravén ha decidido dejar de temblar hace ya dos horas, o veinte, no lo recuerda. Sabe que ha ordenado a sus músculos buscar el reposo que debería otorgar la costumbre, pero alguien, en algún momento, ha decidido desoír la orden y su cuerpo se mueve como un punto de luz centelleante, incontrolable tensión recorriendo el subsuelo de su dermis.

Entre la exigua luz del denso ahora que le envuelve, trata de olvidar el sonido de las puertas cerrándose tras él, marcando el inicio de todas y cada una las noches solitarias de los últimos años. Intenta librar a sus sentidos de la reminiscencia, áspera y mugrienta, que todavía persiste anclada a su oído, a su piel erizada. Aquella que salpica su paladar con el gusto de la textura del óxido que recubría los metales mientras estos se deslizaban, uno sobre el otro, óxido sobre óxido, chirriando, desgarrándose hasta quedar completamente firmes, unidos, seguros tras él; separando su sueño atormentado, de las ganas de no dormir de aquellos otros que luchan, obsesivos, por sobrevivir, por no ser vencidos... ni por la luz en plena huida.
Trata de olvidar, ahora Ravén, las puertas encerrando la soledad dentro de aquel minúsculo habitáculo, sólo él y la profunda sensación de no ser nada, de no tener nada. Trata de olvidar, Ravén, y fracasa, del mismo modo que perdió las mil primeras batallas por conciliar un sueño esquivo.

Yota's eye

Yota's eye por LuisDS


Se sienta, ahora ya libre, buscando calma y sosiego, y deja que su piel, la de ella, recorra su rostro. Deja que sus ojos, los de ella, se claven en cada una de las señales de la dureza de los días pasados, de los años azotando sus gestos, sus pensamientos, sus recuerdos más tristes y aquellos otros que, hechos al fin jirones a fuerza de tantas fustas encolerizadas, eran sencillamente felices.
En la oscuridad, Ravén permite que explore su cuerpo casi desnudo. Siente la dulce mirada de la mujer que tiene enfrente, caminando un centímetro por delante del calor de su tacto suave, superando la barrera de su hombro para, decidida, arrojarse al vacío de sus largos brazos, camino a la firme tensión que ya nunca más abandonará sus puños, y de vuelta a la piel que esconde su corazón palpitante. Todo, absolutamente todo, de su propiedad, cada uno de los músculos recorridos, de los huesos todavía firmes, de los miedos encastrados entre las costillas, todo suyo realmente, lo único realmente suyo. Y Ravén tiembla, deseando que ella demuestre que aquello que aún le pertenece, es tesoro suficiente, recompensa idónea para agradecerle el que no haya cambiado ni un milímetro la anchura de su sonrisa, ni un tono el color de sus ojos, siempre tan perdidos en la profundidad de sus cuencas. Ojalá ella, la que le observa, la que ha emprendido el camino de su cuerpo, la misma que no ha tenido miedo de pisar las vociferantes hojas de periódico manchadas con el nombre de Ravén, con los remordimientos de Ravén, con la sangre y los errores; ojalá ella estire su mano, aprese su cuello y reclame el tiempo robado. Ojalá le ayude, así, a destrozar todas las noches vacías de seguridades.

Parece, al fin, haber encontrado la calma en su respiración, pero esta no tarda en fugarse, convertida en un lujo efímero que deja un sabor amargo en los labios. Tras su estela, cuando todavía huele a paz, a lucidez y sosiego en la habitación, Ravén encuentra el momento preciso para detenerse y pensar. El primer instante real de los últimos años, completo de silencio y desbordante de sorprendentes respuestas. Suficiente para Ravén.
Suficiente, para comprender que sólo conserva su nombre y nada más que su nombre. Suficiente, para comprender que ha perdido batallas, que han dejado heridas, que han infectado miembros que ya nunca más serán. Suficiente, para comprender que sus ojos no conocían ni tinieblas ni soledades, pero que han hallado el empalagoso dulce de la ausencia, y ya no saben, no quieren, estar de otra manera. Suficiente, necesario, para asimilar que su piel se ha vuelto rugosa, se ha convertido en ortiga, en escama erizada que rehuye sus yemas, las de ella, las que, ahora, lloran por no saber calmar el cuerpo desnudo del hombre que han estado esperando todo este tiempo repleto de horas y frío, de días y llantos.

Ravén se rinde, no encuentra batalla que merezca la pena. No sabe vivir, ya no sabe poner un pie delante del otro, ni conoce cómo se saluda afablemente o se deja uno acariciar. Sus ojos se han cerrado, los han cerrado. Sus errores le han vencido, le han apabullado. No estaba preparado su cuerpo para tanta oscuridad y, ahora... ya no quiere nada más que penumbra.

Ella se ha ido, entre sollozos, azotada por el reencuentro que nunca quiso llegar a imaginar. Ravén, sin embargo, permanece quieto, absurdamente feliz, abstraído de lo que hace un instante le preocupaba, gozosamente vacío de deseos o anhelos.
La noche acentúa su presencia, desbancando al último rastro de calor del día y, al fin... ¿qué hay de nuevo, Ravén?, pregunta la soledad.

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