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Muelle flotando
...soy una náufraga sentada en el extremo de mi isla, aguardando que algo rompa el tedio del horizonte y lanzo, a la brisa que sacude este lugar, mis llantos en forma de palabras cojas... así empezó todo

martes, 27 de mayo de 2008

Ravén, Lilián, Hamir, 1

Ravén

Ravén siente como su respiración reina sobre todos los sonidos de la sala. Ligeramente entrecortada, hace minutos que no es capaz de hallar un ritmo constante que le permita rescatar a sus pulmones del ambiente, cada vez más viciado, de la habitación.
Ravén ha decidido dejar de temblar hace ya dos horas, o veinte, no lo recuerda. Sabe que ha ordenado a sus músculos buscar el reposo que debería otorgar la costumbre, pero alguien, en algún momento, ha decidido desoír la orden y su cuerpo se mueve como un punto de luz centelleante, incontrolable tensión recorriendo el subsuelo de su dermis.

Entre la exigua luz del denso ahora que le envuelve, trata de olvidar el sonido de las puertas cerrándose tras él, marcando el inicio de todas y cada una las noches solitarias de los últimos años. Intenta librar a sus sentidos de la reminiscencia, áspera y mugrienta, que todavía persiste anclada a su oído, a su piel erizada. Aquella que salpica su paladar con el gusto de la textura del óxido que recubría los metales mientras estos se deslizaban, uno sobre el otro, óxido sobre óxido, chirriando, desgarrándose hasta quedar completamente firmes, unidos, seguros tras él; separando su sueño atormentado, de las ganas de no dormir de aquellos otros que luchan, obsesivos, por sobrevivir, por no ser vencidos... ni por la luz en plena huida.
Trata de olvidar, ahora Ravén, las puertas encerrando la soledad dentro de aquel minúsculo habitáculo, sólo él y la profunda sensación de no ser nada, de no tener nada. Trata de olvidar, Ravén, y fracasa, del mismo modo que perdió las mil primeras batallas por conciliar un sueño esquivo.

Yota's eye

Yota's eye por LuisDS


Se sienta, ahora ya libre, buscando calma y sosiego, y deja que su piel, la de ella, recorra su rostro. Deja que sus ojos, los de ella, se claven en cada una de las señales de la dureza de los días pasados, de los años azotando sus gestos, sus pensamientos, sus recuerdos más tristes y aquellos otros que, hechos al fin jirones a fuerza de tantas fustas encolerizadas, eran sencillamente felices.
En la oscuridad, Ravén permite que explore su cuerpo casi desnudo. Siente la dulce mirada de la mujer que tiene enfrente, caminando un centímetro por delante del calor de su tacto suave, superando la barrera de su hombro para, decidida, arrojarse al vacío de sus largos brazos, camino a la firme tensión que ya nunca más abandonará sus puños, y de vuelta a la piel que esconde su corazón palpitante. Todo, absolutamente todo, de su propiedad, cada uno de los músculos recorridos, de los huesos todavía firmes, de los miedos encastrados entre las costillas, todo suyo realmente, lo único realmente suyo. Y Ravén tiembla, deseando que ella demuestre que aquello que aún le pertenece, es tesoro suficiente, recompensa idónea para agradecerle el que no haya cambiado ni un milímetro la anchura de su sonrisa, ni un tono el color de sus ojos, siempre tan perdidos en la profundidad de sus cuencas. Ojalá ella, la que le observa, la que ha emprendido el camino de su cuerpo, la misma que no ha tenido miedo de pisar las vociferantes hojas de periódico manchadas con el nombre de Ravén, con los remordimientos de Ravén, con la sangre y los errores; ojalá ella estire su mano, aprese su cuello y reclame el tiempo robado. Ojalá le ayude, así, a destrozar todas las noches vacías de seguridades.

Parece, al fin, haber encontrado la calma en su respiración, pero esta no tarda en fugarse, convertida en un lujo efímero que deja un sabor amargo en los labios. Tras su estela, cuando todavía huele a paz, a lucidez y sosiego en la habitación, Ravén encuentra el momento preciso para detenerse y pensar. El primer instante real de los últimos años, completo de silencio y desbordante de sorprendentes respuestas. Suficiente para Ravén.
Suficiente, para comprender que sólo conserva su nombre y nada más que su nombre. Suficiente, para comprender que ha perdido batallas, que han dejado heridas, que han infectado miembros que ya nunca más serán. Suficiente, para comprender que sus ojos no conocían ni tinieblas ni soledades, pero que han hallado el empalagoso dulce de la ausencia, y ya no saben, no quieren, estar de otra manera. Suficiente, necesario, para asimilar que su piel se ha vuelto rugosa, se ha convertido en ortiga, en escama erizada que rehuye sus yemas, las de ella, las que, ahora, lloran por no saber calmar el cuerpo desnudo del hombre que han estado esperando todo este tiempo repleto de horas y frío, de días y llantos.

Ravén se rinde, no encuentra batalla que merezca la pena. No sabe vivir, ya no sabe poner un pie delante del otro, ni conoce cómo se saluda afablemente o se deja uno acariciar. Sus ojos se han cerrado, los han cerrado. Sus errores le han vencido, le han apabullado. No estaba preparado su cuerpo para tanta oscuridad y, ahora... ya no quiere nada más que penumbra.

Ella se ha ido, entre sollozos, azotada por el reencuentro que nunca quiso llegar a imaginar. Ravén, sin embargo, permanece quieto, absurdamente feliz, abstraído de lo que hace un instante le preocupaba, gozosamente vacío de deseos o anhelos.
La noche acentúa su presencia, desbancando al último rastro de calor del día y, al fin... ¿qué hay de nuevo, Ravén?, pregunta la soledad.

[...]







martes, 4 de diciembre de 2007

El espejo, y 2

En mi sueño el espejo se deshacía como un sólido que se licua, instantáneamente vencido por la suavidad de mi caricia, derrotado por el calor que regalaba con cada una de las huellas que marcaba sobre él. La sorpresa venció a la firmeza de mis piernas y me hizo recular asustada. Mientras tanto, el cristal parecía haber desaparecido y en su lugar se mostraba un paisaje, lúgubre y solitario, vacío de vegetación o construcciones; tan sólo un camino polvoriento cruzándolo de izquierda a derecha, rompiendo la serenidad de los ocres de la escena y el plomizo cielo. Clavé mis ojos en el lugar en el que antes se reflejaba mi rostro y me dejé atrapar por la asfixiante soledad del paisaje, hasta sentirme una actriz más dentro del lugar, como aquel grupo que ahora podía percibir a lo lejos, al final del camino, casi fundidos con el horizonte que mezclaba el gris del cielo, con el marrón polvo del sendero.

Sin dar ni un solo paso, caminé hasta acercarme a ellos, hasta tenerlos a mi lado. Escuché sus voces apagadas, recitando versos que no pude identificar pero que, rítmicamente, jugaron con mi consciencia. Me sentía fuera de lugar, una extraña en mi propio sueño, compartiendo un camino polvoriento con gentes desconocidas de rostros indescifrables, ajenos a cualquier gesto mínimamente reconocible por mí. No entendía sus rezos, podía percibir su dolor pero este no me empapaba, no comprendía el mensaje encerrado en sus ojos, ni lo que parecía ser miedo aterrando sus manos.
No me sentía cómoda en ese lugar, estaba inquieta y, decididamente, comenzaba a sentir como perdidos cada uno de los segundos que se fugaban mientras estaba allí, atrapada. Así que regresé, recorriendo el polvoriento camino, hasta lograr salir de aquello que una vez fue un espejo que reflejaba a una niña asustada.

En mi sueño, el frío se hizo presente, violento como pocas veces, justo cuando volví a ser consciente de mi cuerpo encerrado en aquella habitación de paredes lejanas, invisibles. Temblaba, sin una sola gota de calor bajo la piel, y comenzaba a sentir como la enorme y sombría mano de aquella sala, se empecinaba en buscar mi cuello para privarme de oxígeno y calarme de miedo, profundo y denso. Mi respiración aumentaba torpemente su ritmo, mis ojos se descubrían, más que nunca, perdidos entre aquella absurda batalla de unas pequeñas velas contra la inmensa oscuridad del cuarto. Todo era confuso, todo eran sombras. No había nada conocido allí, ya no estaba mi reflejo, ni tampoco el camino polvoriento, ni las gentes extrañas, ni siquiera el ocre tibio del paisaje, no había nada allí… nada… hasta que escuché su suspiro.

Profundo, perfecto, como el suspiro que alguien libera, tras años de angustiosa pena, al ver partir el último barco, de nombre libertad, desde la enrejada ventana de su celda. Me giré y tras de mí me topé con su rostro anciano, arrugado y seco como sus manos, áspero, aún sin haberlo tocado, como ásperos eran sus cabellos blancos. Me giré, en mi sueño, y me topé con sus ojos perdidos, con el dulce color verde que la luz de las velas creaba en sus pupilas, allí presente, y la densa capa de vello que formaba sus cejas y sus pestañas. Sí, allí estaban sus ojos y allí estaba el óvalo que los encerraba y las arrugas, firmemente trazadas en la piel, que los enmarcaban, sin embargo, ni rastro de su mirada, perdida, lejana, irremediablemente absorta en el espejo.

Me impactó la callada quietud de su rostro y deseé, profundamente, saber en que mares naufragaba su mirada. Cerré mis ojos y lo anhelé con vehemencia… una vez más, cuando abrí los párpados, el espejo se hizo líquido y complació mis deseos.

En mi sueño, el vidrio desapareció de nuevo y convirtió el marco de piedra en ventana a un nuevo mundo, en frontera. Aparecieron, de la nada, los grises propios de las noches de tormenta, para dibujar una escena de desolada ausencia. Ausencia de seres vivos, ausencia de luz y risa, ausencia de colores y formas, ausencia de espacio, de tierra, de techos estrellados. Ausencia de sonido y tacto, de calor y vida. No había nada allí, simplemente la sensación de estar al final de algo, no se el que, en el extremo de un universo, de un montoncito de arena que se ha ido deshaciendo mientras caía, irremediablemente, por el estrecho paso de un reloj. Quizá el extremo de una vida, de unos recuerdos. Sólo ausencia, la sensación de un fin y la acongojante presión que ejercía el miedo, denso como nunca lo había conocido. Un miedo que no se explica con palabras, que duele, que lastima. Un terror que no se filtra por los sentidos, sino que los destruye. Un miedo que me arrancaba la cordura, que hacía temblar mi mente. Miedo a dar un paso más, miedo a haber dado ya el último paso.

En mi sueño, volví a sentir la lluvia golpeando mis hombros… dulce como nunca la había sentido antes. Y el maravilloso frío húmedo del mundo real, caminando por mis huesos dormidos. Subí escaleras y recorrí las calles empedradas, bajo el aguacero, pensativa y desorientada. Caminé por el onírico mundo de aquella noche, dejando atrás los escalones que se hundían en el suelo, los pasillos decorados con rítmicas letanías y las salas de paredes inabarcables, huyendo del desconcierto que el espejo reflejó en mi mirada, de la sensación de sentirme una extraña, pero, sobre todo, huyendo del horror que contemplé cuando quise saber dónde morían sus ojos, cuando deseé conocer qué reflejaba el cristal, si eran las arrugas de su rostro las que se enfrentaban a él. Aquella noche, en mi sueño, caminé hasta olvidar, hasta… supongo… despertar y volver a ser niña ingenua, despreocupada, niña y no anciana.







jueves, 15 de noviembre de 2007

El espejo, 1

En mi sueño, las gotas de lluvia arreciaban furiosas sobre la piedra que sobrevivía a mis pisadas. Se deslizaban por los surcos trazados por el tiempo en los muros, como los dedos que se pierden entre la espesura de un cabello anudado. Resbalando por el laberinto de roca en busca de los charcos, cien veces pisados, que poco a poco se extendían incansables, agitados, en busca de nuevas fronteras, de nuevos espacios, hasta ir a morir, en una vertiginosa caída escaleras abajo, deshaciéndose contra los férreos escalones de fría piedra.

En mi sueño, la luz era tan sólo un vago recuerdo a punto de cruzar la frontera del olvido eterno. Un exiliado más de ese mundo de lluvia, frío y profunda oscuridad que me abrazaba con firmeza. Un frágil resplandor que aparecía camuflado entre la humedad del aire, para matizar las arrugas de la roca, para resaltar los desniveles del suelo, las texturas de mi piel erizada, los colores propios de la noche cerrada.

En mi sueño, las escaleras conducían a un pasillo tan largo, como oscuro; tan perfectamente recto, como absurdamente vacío. Un túnel, arrancado a las entrañas de la piedra, que apenas permitía pasar por él el ancho de mi cuerpo. Un pasadizo, al resguardo de la lluvia que ya no me alcanzaba, sumergido en un océano de voces susurrantes, de hilos de voz llenos de intencionada sutileza, que parecían recitar algún tipo de indescifrable letanía, con un ritmo cercano a la enferma respiración de un moribundo; acelerándose, mientras se vuelven más y más vibrantes, para casi morir por completo unos segundos después, en medio de quejidos inaudibles, y vuelta a empezar de nuevo, sin fin, sin descanso, tortuosamente cíclicas.

En mi sueño, el pasillo moría unos metros después, trecho que se tornó en viaje infinito, gracias al peso del miedo anclado a mi espalda. Llegaba hasta una habitación, inabarcable para mi vista, en donde las paredes, o bien nunca habían sido levantadas, o bien alguien habría logrado camuflarlas sabiamente entre las sombras que se desprendían de las velas, casi agotadas por el tiempo transcurrido, y los metales retorcidos que ocupaban lo que parecía ser el centro de aquella sala sin paredes, sin fronteras.
A cada paso dado, las formas absurdas, casi grotescas, que danzaban con el tintineante resplandor de las velas, se tornaban más y más comunes, conocidas, descifrables.
Donde hace unos minutos tan sólo podía ver metales de formas descabelladas, lograba identificar, una vez que mis sentidos hallaban la manera de sobrevivir al espeso ambiente de la habitación, las raíces, torcidas hasta lo ilógico; el tronco, contorsionado como si de una nudosa vid centenaria se tratase; y las ramas, desnudas, de arbustos de hierro y óxido que crecían aferrados a un marco de piedra serena y fría, trepando, como el que imita a una planta llena de vida, para tapizar cada centímetro de roca inerte.

La habitación desnuda de mi sueño, alojaba velas que agonizaban, lejanas e interminables letanías que no eran más que tormento, y naturaleza sin vida que comprimía los sentidos y la cordura. En mi sueño, el marco de fría piedra que destacaba en medio del caos del centro de la sala, encerraba un espejo capaz de aprovechar la escasa luz, viciada de sombras y espacios infinitos, que le llegaba para reflejar una imagen perfecta de mí misma. Mi rostro en el vidrio y, más tarde, la dulzura de mis manos acariciando sorprendidas la piel de mi cara, como si mi reflejo me fuese algo desconocido, como si mi imagen se estuviese formando en ese instante por primera vez y quisiese comprobar, a fuerza de suaves caricias, que era verdad lo que se pintaba ante mis ojos, como si no fuese más que un pequeño animal asustado.

En mi sueño, el tiempo pareció detenerse en el momento en el que puse una de mis manos sobre el cristal, para ceder el calor de mis yemas por un poco del frío encerrado en un marco de piedra firme. Mis dedos presionaron el vidrio con extrema delicadeza, y el espejo no dudó en corresponder tan dulce gesto.

[...]







martes, 16 de octubre de 2007

De regreso a mi precipicio

- ¿Dónde has estado todo este tiempo? –me preguntó y yo me dejé vencer por el dulce rebosando de su mirada, y sonreí de esa forma que sólo sonríen aquellas a las que, de pronto, les tiemblan las rodillas sacudidas por el aroma de los buenos recuerdos vividos.

- Supongo que me habré perdido en algún oscuro lugar –le contesté mientras arrojaba mi sonrisa hacia su rostro.

- Tenía ganas de verte ¿sabes? –acompañó la frase con su encantadora torpeza y con el sereno marrón de sus pupilas, suficiente para que mis ojos le respondiesen con sumisa complicidad.

Mientras tanto, la tarde absorbía los últimos resquicios de ruido que todavía lograban sobrevivir al pesado traqueteo de las horas recorriendo el día, agrietando el tiempo.
En la solitaria densidad de la vegetación que crece un par de pasos antes de la frontera, se guarecían nuestros cuerpos. Ahora inmóviles y en silencio, aguardando el momento preciso, la señal adecuada. Sobre nuestras cabezas, el suave caminar de una exigua ráfaga de viento recorriendo los últimos kilómetros de un viaje casi infinito; agotador trayecto desde la lejana libertad, hasta el hipnótico mar en calma que sirve como cielo de nuestra casa de muñecas, postrera celda de la vitalidad encerrada en los vientos enfurecidos que, una vez cruzado el umbral de mi mundo, duermen como feroces y salvajes animales de trapo.

Embriagados por la perpetua calma de las tardes que agonizan, los colores parecían suavemente temblar ante nuestros ojos, sacudidos por el tedio y el calor, pero prestos a tornarse vivos de un momento a otro, justo en el instante preciso, tras la señal adecuada. Tensa espera que se volvió insoportable cuando comenzamos a sentir los pasos de aquellos gigantes que recortaban el horizonte infinito con sus afiladas siluetas. Los músculos en creciente tensión y los sentidos alerta, felinos, dispuestos a no perder ni uno solo de los estímulos que habrían de incendiar nuestro cuerpo con adrenalina en ebullición.
Cada vez más cerca, tan sólo a unos pocos metros. El suelo se estremecía a cada paso de los enormes monstruos metálicos, como quejándose por cada una de las pezuñas que se hincaban en la tierra para permitirles avanzar, siempre acompañados por ese ritmo enérgico y violento que les otorgaba un aspecto marcial, convirtiendo su caminar en el himno de un ejército entrenado para burlarse de las agallas de sus rivales, mientras estas huyen, presas del pánico, ladera abajo.

Tan sólo unos segundos bastaron, para convertir el temblor del suelo en el estruendo de nuestro miedo tratando de salir disparado, arrastrando con él a nuestros cuerpos de niños, para ir a acurrucarse al lugar más lejano que pudiese encontrar. Estruendo de pisadas que amenazaban con buscar acomodo sobre las cabezas que no llegábamos a proteger con los brazos, rozándonos mientras permanecíamos en silencio absoluto, sujetando el ímpetu de los músculos prestos a estallar y aquella, dulce y conocida, sensación de que nuestras vidas volvían a estar a un paso del añorado abismo.

-¡Ahora!, ¡ahora! –gritó con enérgica ilusión, derrotando con su voz el quejido intenso de la puerta metálica que es vencida, y se sumerge en la tierra, para dejar pasar un increíble y fresco chorro de luz exterior.

Los aromas del agua acariciando el verde del frondoso bosque, los mágicos espectros de vaho y luz crepuscular que danzaban entre los árboles, las bastas laderas por las que podían huir los ruidos, las eternas letanías del día a día, los sollozos y las risas, libres al fin, con kilómetros por recorrer, sin fronteras, sin ecos, sin perpetuos agobios ni estrecheces, sin techos que tocar ni paredes que compriman, sin cúpulas translúcidas y protectoras. Todo al alcance de la mano, entrando por aquella puerta vencida como un vendaval de vida comprimido en una presa que se esfuma, que desaparece, hecha añicos, ante la violenta embestida de la luz y su libertad, del espacio y su poderosa energía.

Corrimos hacia allí, hacia nuestro precipicio, con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra ilusión. Los ojos cerrados por el esfuerzo, serpenteando por entre las piernas de los enormes monstruos de aquel ejército metálico, esquivando sus pisadas con la naturalidad y la fortuna con la que una gota de agua salta, de rasguño en rasguño, para cruzar la piel del planeta, desde la montaña inmensa hasta la calma absoluta. Corrimos, como otras muchas veces ya lo habíamos hecho, escuchando la respiración entrecortada del otro, hasta sentir el calor de la luz exterior suavemente posándose sobre nuestros rostros. Tan dulce. Tan hermosa. Tan distinta a la luz que me despierta por las mañanas, que me despide cuando la fatiga me vence, tan diferente. Y, cuando las pisadas lograban sortear la frontera, tal y como había sucedido en tantas y tantas ocasiones, unas enormes garras metálicas tomaron nuestros cuerpos y los elevaron, frenándolos en seco mientras los pies todavía luchaban por avanzar unos pasos más, pateando enérgicamente el aire ahora, tal y como unos segundos antes hacían con el suelo.

Adiós a los bosques, frondosos y húmedos. Adiós al espacio, al frío de los rincones que la luz no llega a calentar. Adiós al abismo que hay detrás de nuestra frontera, pero mientras volábamos, sujetos por aquellos dedos afilados, enormes, poderosos, abrí mis ojos y vi los rizos de su pelo danzando en el aire, saltando sobre su cabeza descontrolados, concediéndole un aspecto de héroe romántico y loco. Le observé, sonreí y ya estaba pensando en la próxima vez que buscaríamos el dulce encuentro con el precipicio que él y yo conocemos, que nos pertenece, de la misma forma que nos pertenecen cada uno de estos vuelos de vuelta a casa.

Nos depositaron en el suelo, con la delicadeza propia de quien no debe detener su marcha, y echamos a correr, ahora dejando la luz a nuestras espaldas y los gritos de los que nos anticipan graves consecuencias.
Iba tras el polvo que levantaban sus pisadas, y tras de mí venía el chirriante sonido de la puerta que nuevamente se erguía poderosa. Me detuve un instante, y ya casi le perdí de vista, orienté mi cuerpo hacía la recuperada muralla de metal, respiré hondamente y me despedí de ella. Hasta pronto, le dije.







sábado, 28 de julio de 2007

Miedo... a ser encontrada

La voz le temblaba, frágil como la llama que se contonea azotada por una un hilo de brisa inconsistente, mientras dictaba a la máquina las palabras destinadas a culminar su obra. Un segundo después de cerrar, con un esquelético fin, los últimos dos años de su vida, dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre el cristal que aún le separaba del mundo exterior. Vacío de fuerzas e ideas, haciendo uso del aliento reservado para ser despilfarrado justo ahora, cuando todo vuelve a ser sombra, besó con la piel de su frente el suave tacto del vidrio empañado por el vaho que agoniza… y, como vaho, se derritió sobre el cristal.


La inabarcable extensión de calles entrecruzándose y edificios engarzados con maestría hasta asfixiar la atmósfera de la ciudad, se apoderaron de su mirada, de sus sentidos. Todo parecía básicamente similar a la reminiscencia que torpemente le brindaba, todavía, su memoria. Imágenes de aquel día en el que por última vez se acercó a la ventana, en el que, tratando de hallar algún recuerdo eterno, absorbió la tenue luz de una mañana luchando por sobrevivir a un mediodía cualquiera.

Dos años después, el polvo continuaba su suave levitar unos centímetros por encima del asfalto cansado, saltando, de paso en paso, para aprovechar el aire desplazado en un intento por no caer nunca rendido ante el suelo recubierto de frío. Y, mientras tanto, acompasadas, las luces de la ciudad seguían enfrascadas en sus batallas de perpetuos parpadeos, ahora igual que antes, breves, torpes, entrecortados como un tosido enfermo, coloreando las huellas que minutos antes alguien habría trazado sobre las aceras, tan vacías ahora como en sus recuerdos. Y en los rincones en los que hace un par de años descansaban grupos de sombras, eran ahora las mismas manadas de oscuras siluetas las que se agolpaban, como ancianos discutiendo en silencio sobre la prisa del tiempo, sobre la tiranía de las fuerzas perdidas.


La realidad congelada aguardando su regreso. Anclada, durante años, en el mismo lugar en el que un día Odeim se despidió de ella. Paciente compañera que permite a la sal trenzar sus cabellos mientras busca con la mirada, el punto distante que rompa el perfecto equilibrio del horizonte sobre la calma del mar. Sin prisa, con la única vocación de aguardar al regreso del que ha huido, para tomar su mano, para caminar, nuevamente, a su lado.


Lonely

"Lonely" por Cesar R.


Odeim siente los dedos de sus manos vencidos por la piel de aquella que escuchó, pacientemente, cada una de las frases, torpes y embusteras, que se amontonaron durante estos dos años una tras otra, tarde tras tarde, un día y otro, sin pausa, sin más misión que la de tapar las fisuras de la habitación por las que pudiese entrar, furtivo, el tiempo mientras huye y la realidad que le persigue. Y, al fin, ella, como siempre, ella, llega y toma su mano. Se acerca, susurra su nombre y tira de su cuerpo hacia al otro lado. Hacia el otro lado del vidrio que aún sirve de frontera, hacia los desiertos de asfalto, rumbo a las horas sorteando caprichosos puntos de luz y eternas sombras.


Y la ventana deja de ser sólida y el cuerpo de Odeim abandona su cuarto, su obra recién terminada y la máquina que espera paciente que alguien borre el fin que ya quema la pantalla. Y ambos, Odeim y la que sostiene su mano, caen como agua suicida, como el telón de la función última, la que ya nunca más será, la que ya ha dejado de existir devorada por el tiempo, el olvido y la realidad seduciendo los ojos que un día lloraron de pura emoción.


El vuelo termina y Odeim ya no existe. Pero vive y respira, junto a otros cientos, o quizá miles. Vuelve a sentir libre su mano y, sorprendido, descubre que su piel todavía recordaba qué era echar de menos la piel de otro. Le gustaría sentarse y pensar, abstraerse del ruido que parece rodear todo de nuevo y jugar a reconocer el calor que aún conservan sus palmas y sus yemas, pero alguien le empuja, parece estar a punto de perder el equilibrio, sin embargo, logra mantenerse en pie, da un paso y luego otro más… sonríe, mira a su alrededor y, al fin, Odeim ya sólo camina.










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